¿Sabemos recibir el Amor?

Desde el ámbito de la familia nos acostumbramos tempranamente a recibir determinado tipo
de estímulos, llegando a creer que son únicos.

Si la educación recibida fue restrictiva en la expresión de los afectos, con pocas caricias, tanto
físicas como verbales, y además papá y mamá señalaban los errores con énfasis, pero sin poner el
mismo énfasis ante los aciertos, se va creciendo con una vaga sensación de inadecuación
personal, que lleva en la vida adulta a actuar de forma esquiva o inadecuada ante las expresiones
de afecto o aprobación.

Puede surgir así una tendencia a rodearse de personas exigentes y poco gratificantes en su modo
de expresión, de las que siempre dicen lo que está mal, pero no lo que está bien, pues lo dan por
sobreentendido.

En otros casos, se busca intuitivamente una compensación, especialmente en el matrimonio, pero
aun así puede persistir ese acostumbramiento de la infancia provocando situaciones frustrantes,
con diálogos de este tipo. El marido le dice con entusiasmo a su mujer: -¡Qué bonita que estás! Y
ella responde molesta: -¿Por qué me haces bromas?

Rechaza así totalmente el estímulo positivo, perdiendo la oportunidad de gratificarse y provocando
en su pareja una desagradable vivencia de inadecuación y rechazo.

Lamentablemente si no se comprende lo perjudicial de estos diálogos, esta escena con algunos
matices diferentes se repetirá hasta que la persona fastidiada y molesta dejará de decir lo positivo,
dejará de “acariciar” y ella volverá a vivir una situación familiar que aunque frustrante y
empobrecedora le resulta conocida.

Existen muchas formas de rechazo ante una manifestación de afecto. Si una mujer, ante la llegada
de su esposo desmoralizado, porque en el trabajo no le otorgaron el aumento que esperaba, le
dice: -Te quiero mucho – y lo abraza; y él responde – Me lo decís porque te doy pena-… ha
transformado una auténtica expresión de amor, en una caricia de lástima.
A veces surgen incluso formas muy agresivas que descalifican, como la reacción desconfiada de
un hombre ante un mino de su mujer: – Qué me vas a pedir?…

Lamentablemente, estas conductas dañan la relación, ésta se resiente y lastima. Es conveniente
entonces que reflexionemos, no sólo si damos amor y cómo lo damos, si no también si
sabemos recibirlo. Muchas personas que se manejan como las de estos ejemplos, se justifican
diciendo que no era su intensión rechazar el amor que se le estaba brindando, sus intenciones
siempre fueron las mejores pero…como se ha dicho alguna vez “Las buenas intenciones que no
se evidencian en la conducta son una caricatura de la virtud”.

Si nos sentimos reflejados en alguna de estas conductas no convenientes, debemos tener claro
que podemos modificarlas. Así como imperceptiblemente hemos aprendido a reaccionar
negativamente, también podemos aprender a recibir caricias aceptándolas sin modificarlas,
nutriéndonos de ellas, saciando como dijo el Dr. Eric Berne el hambre de caricias que todos
tenemos desde el mismo momento del nacimiento. Es triste que algunas veces padezcamos
hambre, cuando la fuente está colmada, y en lugar de servirnos la volcamos.

Todo podemos aprenderlo, no sólo las caricias, artes o técnicas, también podemos aprender
a aceptar el amor, sobretodo si no nos enquistamos en la creencia de que siempre fuimos
así y aceptamos que fuimos así hasta que aprendimos a dejar de serlo.

Estela Piperno
Prof. Y Didacta en Biodanza. Biotipóloga.
Directora del Centro de Formación para la Vida.